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A duro la preferente

Por Dita Delapluma

Los guerreros del Bronx


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Pocas décadas fueron tan prolíficas para el cine como los ochenta. Sabiendo que aquello que no llegase a las salsas podría obtener jugosos dividendos en los videoclubs, no fueron pocas las proyecciones, de escasa calidad pero grandes ínfulas, que se hicieron un hueco en las estanterías en pleno boom del vídeo doméstico. La que hoy nos ocupa en A duro la preferente, Los guerreros del Bronx,fue una de ellas.

En la cinta, nos hacen saber que el Bronx se ha convertido en una zona sin ley donde ya no entra la policía y las bandas de moteros viven allí sin dar cuentas a nadie, en un clima de guerra constante y justicia por las buenas. En ese ambiente una rica heredera, a punto de convertirse en títere de accionistas y ejecutivos de la mayor corporación de armamento del mundo, decide escapar a su destino y se fuga al Bronx. Allí, nada más llegar, cae en gracia al jefe de una banda quien de inmediato la rescata de todo peligro y la hace su novia. Algo muy lógico y creíble, como podemos ver. Mientras, los accionistas harán todo lo posible para recuperar a la heredera sana y salva.

El punto fuerte -y quizá la única curiosidad de la película- es que las escenas de acción fueron rodadas por auténticos y muy conocidos moteros, los Hell’s Angels o Ángeles del Infierno, de modo que todos los motoristas que vemos en la película no eran en absoluto extras, sino verdaderos “angels” con toda su parafernalia.

Desgraciadamente, la película carece de otras notas reseñables. No destaca por su guion, ni profundidad de personajes, ni por su ritmo, y desde luego no lo hace por la interpretación de ninguno de los actores. Es uno de aquellos “clásicos de videoclub” que nos presentaron un futuro apocalíptico y brutal, y que resultaron atrayentes en una época en la que la violencia gráfica no era común como ahora, sino algo sólo propio de cintas de terror intestinal o de la serie B como la poco recordada, aunque meritoria, 2000 Maniacos. Actualmente no solo se ha quedado ingenua, sino que es preciso hacer un esfuerzo para que mínimamente nos llegue. No obstante, merece la pena ser recordada como el símbolo de una gran época: los ochenta.

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