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A duro la preferente

Por Dita Delapluma

Dos mulas y una mujer

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Un pistolero solitario (Clint Eastwood) se encuentra por casualidad, en medio de ningún sitio, con una escena grotesca: tres borrachos intentan forzar a una mujer aterrada. Cuando se deshace de ellos y la mujer puede adecentarse, aquél se lleva una buena sorpresa al descubrir que se trata de una monja. Sin más equipamiento que una mula y una biblia, la joven misionera (interpretada por Shirley McLaine) pretende ayudar a los rebeldes juaristas que se defienden de los colonos austrohúngaros volando un puente. Lógicamente, necesita ayuda y así comenzará la extraña amistad entre la monja y el pistolero, llena de aventuras arriesgadas, mentiras y mucha simpatía.

 

Picardía y romanticismo en la penúltima película de Eastwood independiente de Malpaso

Después de la llamada Trilogía del dólar (Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo) en la que trabajó con Sergio Leone, Eastwood ganó una buena cantidad de dinero con la que fundaría su propia productora, la Malpaso Productions, pero antes de eso fue requerido por Don Siegel (con quien trabajaría de nuevo en Fuga de Alcatraz) para este film, en el que desempeña un papel similar al del Rubio que le vimos hacer con Leone, pero con un argumento lleno de una deliciosa picardía. Por más que la película fuese acogida con poco entusiasmo por la crítica, el público acompañó las aventuras del mercenario y la monja, y convirtió a Dos mulas y una mujer en una de las películas icónicas de Eastwood, la primera -y una de las pocas- en la que se le vio mostrar algún interés romántico.

Eastwood y el spaghetti western: un icono actoral parco en palabras

Decía Leone que Eastwood “tenía dos maneras de actuar: con sombrero y sin sombrero”. Y durante mucho tiempo, sus intervenciones televisivas en la serie Látigo (Rawhide) fueron duramente criticadas por su modo de hablar, seco y entre dientes. Eastwood se defendía argumentando que un auténtico vaquero no hablaría como un literato y, durante su trabajo con Leone, se desquitó haciendo que su personaje hablase lo menos posible. Según el actor, la escasez de palabras haría subir enteros al personaje en presencia en la pantalla, y tenía razón: igual que mostrar lo menos posible al monstruo en las películas de terror lo hace tanto más horrible, cuanto menos hablaba el Rubio, más imponía en escena y más valían sus palabras cuando se dignaba a pronunciarlas. En la cinta que nos ocupa, aunque tenga algo más suelta la lengua, su personaje bebe directamente de aquél, y la esencia sigue siendo válida.

Erotismo y aventuras para todos los públicos

Dos mulas y una mujer (o Dos mulas para la hermana Sara, según otras traducciones), fue la anteúltima película en la que Eastwood trabajaría fuera de su Malpaso, fundada en el 67. La inmediata anterior sería la también memorable Los violentos de Kelly, junto a Telly Savalas y Donald Sutherland.

Dos mulas y una mujer es una cinta del oeste que mezcla hábilmente aventuras y comedia; agradable, divertida y sazonada con un suave erotismo que le añade la picardía justa para que no deje de ser tolerada. Una película que, como todas las del maestro Eastwood, nos hace corto su visionado y nos deja con ganas de repetirla una y otra vez.

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