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SALVAJE

Por Sergio F. Pinilla

Calificación
3/5
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RUSSELL CROWE: DE GLADIADOR A WHITE TRASH MAN

Quien te ha visto y quien te ve, Russell Crowe. El actor neocelandés, que inmortalizó al general romano Máximo Décimo Meridio en el peplum de Ridley Scott Gladiator, está de buen año desde que, en una de sus habituales transformaciones físico-actorales, cogiera peso para interpretar al matón Jackson Healyn de la buddy movie Dos buenos tipos. La obesidad es uno de los rasgos distintivos del personaje anónimo que interpreta en Salvaje, su última película. El otro, la bestialidad, la iremos descubriendo paulatinamente, a medida que avanza la trama de este film de venganza manifiestamente desproporcionada.

UNA MUJER CON PRISA AL VOLANTE

Caren Pistorius es Rachel, una joven madre divorciada que acaba de perder el trabajo y que trata de que, al menos, su hijo llegue a tiempo a clase. Con el semáforo en verde, un voluminoso auto les ralentiza el paso. Ella toca nerviosa el claxon para que el conductor reaccione, pero el tipo se lo toma a mal y la exige una disculpa. Naturalmente, Rachel le manda a hacer puñetas, lo que provoca el enfurecimiento del sujeto, que la amenaza y la empieza a perseguir. Y lo que parecía una discusión más de carretera, se convierte en algo mucho más serio, que no solo pondrá en juego la vida de Rachel y su hijo como viajeros, sino también la del resto de sus conocidos y sus seres queridos.

UN FILM CON PRECEDENTES GENÉRICOS, PERO SIN CORTAPISAS ÉTICOS

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Escrita por Call Ellsworth (Disturbia, La última casa a la izquierda), y dirigida por el alemán Derrick Borte (American Dreamer) Salvaje se adscribe al subgénero de los thrillers con psicópatas al volante, tipo El diablo sobre ruedas, Nunca juegues con extraños o Death Proof, aunque su contexto socio-histórico (producida en plena época Trump, con las mujeres peleando la conquista de sus últimos derechos en el resto del mundo) nos exige también que entremos a valorar el discurso que se desprende del radical conflicto que sustenta la trama. Porque en el enconamiento que hacia la víctima siente este enfurecido y sádico conductor se vislumbra menos el click del desequilibrado (sirva como ejemplo el Michael Douglas de Un día de furia, otro referente) que el método del acosador de género, del psicópata que vierte ácido en el rostro de su mujer o que acuchilla a los hijos de ambos. La misoginia, el resentimiento de género, son las atávicas fuerzas que guían el comportamiento de esta bestia de la carretera con la humanidad de Russell Crowe. Un personaje cuya filiación política no resultaría difícil de deducir, votase en Nueva Orleans (donde se filma la película) o en Pozuelo de Alarcón.

Por eso, y aunque la película pueda leerse también desde la distancia aséptica que marca determinado cine de género (norteamericano, pero sobre todo europeo), se echa de menos en Salvaje una visión crítica, en clave femenina, que neutralice si quiera un poco el mensaje del “ojo por ojo”. 

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