La casa de jack

LA CASA DE JACK

por Ángel Sanz Crespo

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La casa de Jack supuso la vuelta del hijo pródigo Lars Von Trier al Festival de Cannes del 2018 (fuera de competición, eso sí), el que no pisaba desde que en mayo de 2011, tras la rueda de prensa correspondiente a la presentación de Melancolía, fuese declarado persona non grata por la organización del certamen, tras unas declaraciones en las que decía simpatizar en algunos aspectos con Hitler. Tras Melancolía y su destierro festivalero, Von Trier realizó Nymphomaniac, una película, exhibida en dos entregas, que cumplía con las espectativas generadas al presentar las “aventurillas” de una adicta al sexo a lo largo de una extensa horquilla temporal, pero también, y ahí lo más provocador y sorprendente, al ofrecer un debate notable sobre distintos asuntos, unos más livianos que otros, entre los que se encontraban la numerología, la pesca con mosca, la sucesión de Fibonacci, Bach y Beethoven, Edgar Allan Poe, lo democrático y cobarde (o no) de la corrección política, la iglesia del Este y la iglesia del Oeste, su simbología…


La casa de Jack mantiene la misma estructura que Nymphomaniac: un diálogo en el que el protagonista, Jack (un Matt Dillon en plena forma), narra en cinco episódicos “incidentes” sus tropelías como asesino en serie. En este sentido, y como en las aventuras sexuales de la Joe de Nymphomaniac, no hay decepción y Von Trier nos da lo que promete, incluso superando el listón que le ponemos a este cineasta de “sexagenario terrible”. El interlocutor en este diálogo es Verge (Bruno Ganz), el Virgilio de la Divina Comedia que guía a Jack por el Infierno. En este viaje, Verge es el que cuestiona, contraargumenta, acota, pregunta y responde durante el relato de Jack. De nuevo una excusa para hablar de múltiples cuestiones culturales y filosóficas: la diferencia entre el ingeniero y el arquitecto, el sentido de la compulsión, la relación entre el placer y el dolor en una adicción, la pulsión del artista, la religión (de nuevo), el valor de los iconos como arte extravagante, la voluntaria ceguera de la sociedad ante el horror, etc. Diálogo a su vez plagado de referencias musicales (Glenn Gould, Bach, Bowie..), pictóricas y literarias (William Blake) y con varias propuestas videoartísticas bastante refrescantes. Dos reflexiones transcendentales destacan entre otras muchas partiendo de las perspectivas de los dos protagonistas: si puede ser el arte una excusa para hacer cualquier cosa, y si es posible el arte sin el amor. Ahí queda la cosa.

Homenajeando al propio Von Trier, se podría decir que la caza es a La casa de Jack, lo que la pesca fue a Nymphomaniac. El propio director (con autocita) es quien a veces se expresa a través de Jack. Se defiende así de las acusaciones de misógino, aclarando que prefiere trabajar con mujeres porque le resulta más sencillo. Y en cuanto a las acusaciones de filonazi también deja dos perlas para la reflexión estética y moral: la teoría del valor de la ruina de Albert Speer y el diseño de la aeronave Stuka. Quizá este haya sido el precio que tenemos que pagar por el regreso del hijo pródigo, quien consigue un logro paradójico, como es que el espectador empatice en algunos momentos con el monstruoso Jack. Art is many things.

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