Nadie quiere la noche, la última obra fílmica de Isabel Coixet, pone de relieve varios aspectos y nos aclara las pocas dudas que todavía podíamos albergar sobre esta cineasta. Y es que cuando los medios se multiplican tu mente vuela por un mundo de posibilidades que se abren bajo tus pies. Hay que confiar en uno mismo, tienes que saber que eres bueno haciendo lo que haces para no caer en recursos innecesarios frente a lo que únicamente importa, la historia. Es aquí donde me rindo ante la directora española. Hay un tipo de cine que es de Coixet y será únicamente de Coixet, te guste o no, y tiene que ver con el estatuto privilegiado que en sus películas se concede a la historia.
Jamás he creído que la catalana sea una directora feminista ni que su filmes aboguen por esas tesis. Más bien al contrario: todo aquel que diga que Nadie quiere la noche es una película de militancia feminista está pecando de superficial y demagogo. La historia habla de una mujer de época. Con la fuerza de un guerrero, sí. Pero la razón de su huida hacia una muerte casi segura es ese amor que solo las mujeres son capaces de demostrar, ciego y arriesgado. Amor por su marido Robert Peary. Y así ocurre en otras películas de Coixet como Cosas que nunca te dije (1996), en la que la protagonista, que demuestra una independencia admirable en momentos de dificultad, hinca la rodilla ante el ideal romántico femenino.
Congelada y rabiosa, como lava deslizándose metro a metro por el hielo polar en busca del volcán de donde procede, Josephine Peary inicia un viaje. Bajo las nubes de la soledad, la decepción y la fragilidad de unos principios sociales, transcurre una historia tan intensa en lo emocional como ambientalmente fría. Mrs. Peary persigue su ideal de amor romántico e irracional poniendo su vida en peligro y dejando la de otros en el camino. Juliette Binoche encarna a esta mujer demostrando de manera magistral el camino del pavimento al barro, de la porcelana a la madera. ¿Cómo no verse aplastada por esos paisajes prodigiosos e inhumanos? Solo Juliette Binoche sabe cómo sobrevivir. La cámara capta continuamente la línea del infinito, de lo imposible y la frustración, de la insignificancia del ser humano y sus valores, durante ese primer lustro del Siglo XX.
Pero no es solo una, sino dos mujeres, tan diferentes entre sí como ambos polos, quienes conviven y obtienen la calidez de sus abrazos, derritiendo la nieve y desplomándose hacia el vacío invernal. Nadie quiere la noche hace crecer ambas flores en medio de la inclemencia polar, tanto la de Josephine, procedente de Park Avenue, como la de Allaca (Rinko Kikuchi, Mapa de los sonidos de Tokio), una mujer inuit. Plano a plano, la nieve las arropa delicadamente en la tempestad. La cámara es tan salvaje como un oso blanco hambriento, nos expone el vasto paisaje noruego en el que se rodó y nos acerca a la calidez de dos mujeres dispuestas a aferrarse a su fidelidad hasta la muerte.
Nadie quiere la noche está repleta de caminos y viajes, de ascensos y descensos. Josephine va dejando equipaje por el camino, despojándose de todo aquello en lo que creía (gracias a la fluidez del guión de Miguel Barros, que contrasta de manera radical el mundo interior de un personaje con el exterior en el que se desenvuelve). En definitiva, esta película es pureza y amor romántico. Sus personajes reflejan una valentía propia de los pioneros de comienzos del siglo pasado. Solo Isabel Coixet podría contar así esta historia, basada en acontecimientos reales. 
Última modificación: 23 febrero, 2020

Comentarios

Comenta o responde a los comentarios

Tu dirección de correo no será publicada.