El libro de la Vida es tan grande que por mucho que aprendas, ninguno alcanza a leerlo del todo”. Eso dice una de las protagonistas del delicioso documental que es la cinta que nos ocupa, situado en la ciudad de Jericó, Colombia.
Como documental, la proyección carece de una historia fija o más bien es una multitud de historias, contada por la boca y los recuerdos de sus protagonistas. Todas ellas viven en el pueblecito de Jericó y son de edad avanzada. Cada una de ellas, acompañada por otra o simplemente ante la cámara, irán desgranando sus recuerdos mientras se dedican a sus quehaceres. Las vemos coser, preparar tortillas de maíz u ordeñar vacas, mientras nos cuentan acerca de su juventud, sus noviazgos, los deseos y anhelos que tenían y su amargura o su felicidad. La narración se verá punteada de una fotografía maravillosa y los ritmos latinos de los que tanto bebe el jazz.
Admito que, cuando me enteré de que iba a ver un documental acerca de un pueblecito del que jamás había oído hablar, mis expectativas eran tirando a bajas. Dicho de otro modo: que me hice el ánimo para aburrirme como una ostra en una carrera de esponjas. Pero apenas empezó la proyección, la fotografía me cautivó. “Bueno, al menos es bonito”, pensé. Y entonces, empezó a sonar la música con ritmo de jazz y mi expresión escéptica se cambió por una sonrisa. “A lo mejor sí que vale la pena”, me dije. Y cuando la primera de las mujeres se puso a contar su historia, yo estaba -metafóricamente hablando, pero perfectamente factible- sentada a sus pies, abrazada a su falda y diciendo “Tía, cuénteme más cosas”. Lo que se conoce como un flechazo, vaya.
El infinito vuelo… nos lleva a una parte del mundo en la que el tiempo parece haberse detenido, donde las personas aún guisan con hornillos de carbón, donde se hace todo a mano y donde las relaciones con los vecinos son intensas e importantes. Nos traslada a una pequeña aldea incrustada y perfectamente combinada con el paisaje, donde el “monumento” de la plaza principal es un gran árbol, y donde la práctica totalidad de las casas están cuajadas de macetas, jardines y flores, y donde el color es un elemento de temperamento. Con cada casa, cada puerta y cada ventana pintada de un color distinto, el resultado de Jericó es un crisol abigarrado, un caleidoscopio de colores, emociones, personas y plantas que, aunque resulte chocante, no deja de ser armonioso, y donde la belleza destaca por encima de todo.
Haciendo honor a esa fantasía colorista, las protagonistas del documental nos dejan ver un poco de su interior, mostrándonos que, también en su interior, las zonas pintadas y llenas de color, se mezclan con los desconchones. Como sucede en toda vida, nadie es completamente feliz, ni por entero desgraciado. Alguna no se casó con su novio por racismo, otra quedó viuda muy joven, la de más allá perdió a un hijo… pero todas miran la vida, si no con optimismo, por lo menos con serenidad. El modo de cada una de contar sus recuerdos, nos habla también de su forma de ser, de la familia en la que se criaron y de a qué tuvieron que enfrentarse o cómo hubieron de vivir, y casi todas coinciden en su amor a la religión, a la familia, y a sus deseos de estudiar.

El infinito vuelo… es un documental esencialmente femenino que se entiende desde el punto de vista de mujeres que, en sus tiempos, hicieron cosas que la sociedad no estaba preparada para entender, como enamorarse de un blanco, estudiar o viajar sola. Y nos cuenta la pura realidad, y es que a veces, no todas las historias tienen un final perfecto, pero eso tampoco significa que debamos pasarnos la vida entristecidas por ello. Es un viaje a un pueblecito encantador situado en un entorno privilegiado de Colombia pero, sobre todo, es un viaje al corazón de las mujeres del mismo y a cómo viven allí sus días. Una hora y cuarto de proyección, y toda una tarde de reflexión. Muy recomendable
Última modificación: 23 febrero, 2020

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