En realidad, nunca estuviste aquí (You were never really here) supone la vuelta de Lynne Ramsay tras seis años, cuando estrenó Tenemos que hablar de Kevin. Este thriller, adaptado de un texto de Jonathan Ames, compitió por la Palma de Oro en Cannes, ganando el premio al mejor guión, que es una adaptación de la propia Ramsay.
La película, que posteriormente pasaría por el Festival de San Sebastián, cuenta la historia de Joe , un ex marine y ex agente del FBI, que vive de manera invisible a la vez que se dedica a rescatar niñas de las garras de los traficantes de blancas. El complejo personaje al que Joaquin Phoenix da vida, de manera magistral, le ha supuesto ganar el premio a Mejor Actor en el Festival de Cannes. Phoenix transita a la perfección las contradicciones del antihéroe que Joe supone. Un individuo de marcada fractura psicológica que padece fuertes trastornos por estrés postraumático, resultados de sus vivencias pasadas llenas de violencia. Tanto aquellas a las que fue expuesto en la guerra, así como en una infancia repleta de violencia doméstica.

La directora escocesa cultiva estas experiencias pasadas mediante una magnífica utilización del flashback, los cuales se presentan de manera abrupta para atormentar a Joe. Estos flashbacks son breves y repentinos, y buscan evocar en nosotros, de manera sensorial, lo que el protagonista vivió en lugar de explicar las situaciones. De manera muy acertada decide centrarse en la brutalidad que un individuo es capaz de infligir a otro, sin ningún tipo de miramiento.
Algo muy de acorde con el personaje protagonista y la trama de la película, que podría ser resumida, de manera equívoca,  como una simple concatenación de circunstancias violentas que van escalando. Esto sería un gran error, puesto que la británica no se recrea en la violencia, de hecho la utiliza de manera sobria, jugando tanto con lo que muestra como con aquello que decide omitir.
Algo muy característico en el cine de Ramsay, puesto que en muchas ocasiones deja fuera de encuadre cosas que la mayoría de gente definiría como trascendentales, mientras que decide recrearse en pequeños detalles, creando momentos poéticos que cuentan de manera novedosa sus historias. Así, un mero plano de Joaquín Phoenix asomándose a las vías del tren, pasando de la sombra a adentrarse en el sol, sirve para contarnos la constante lucha interna del personaje, los demonios que le habitan en forma de trastorno mental yuxtapuesto con su enorme facilidad para conseguir eliminar a seres violentos o el gran afecto que demuestra por su madre.

La naturaleza rota junto a la trama le han llevado a ser comparada con películas como Drive o Taxi Driver, algo que en gran parte es un acierto cuando se considera el tema, sin embargo en cuanto al cómo va ser contado no pueden ser aplicables. Lynne Ramsey maneja un código personal en el que consigue dar su propio toque poético a un genero tan hermético como suele resultar el thriller.
Le inyecta un nuevo aire con encuadres llenos de simpleza pero gran significado, mostrando que las historias de siempre aun se pueden contar de manera distinta. Se mantiene fiel a sí misma mostrando que el diálogo sólo es una acción más del personaje, y que en una película puede predominar la comunicación no verbal si se sabe elaborar mediante un rico lenguaje audiovisual.

El film, una pequeña joya cuyo metraje pasa volando, termina por ser un viaje sensorial por una sórdida historia, que encontrará detractores en aquellos más sensibles. Algo que también ha resultado característico sobre la filmografía de Ramsay, quien apuesta por no frivolizar con lo dureza de la vida, pero si es valedora de que a veces hay que detenerse y encontrar el candor en aquellos momentos más simples que hacen de la vida un día hermoso.

Última modificación: 23 febrero, 2020

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