LAMENTO INCESANTE

Ser miembro de un club exige siempre acatar unas reglas. Unos, más centrados en lo chic, en las apariencias, prohíben la entrada a quienes no van convenientemente vestidos mientras que otros, centrados en los contenidos de lo que amamos, somos o sabemos, abominan de las etiquetas sociales como hacía la célebre “Academia” platónica donde una placa en su entrada rezaba “Que no entre aquí quien no conozca la Geometría”.
El club que nos presenta el chileno Pablo Larraín es ciertamente singular por el lugar en que se encuentra, una geografía remota, descolorida, erosionada, taciturna y árida, donde ni siquiera el mar es hermoso y funciona como un margen o barrera que los personajes no pueden traspasar. Pero sobre todo el club es singular por los miembros que lo componen, todos ellos hombres condenados al destierro por sus pecados.
La película fascina porque tarda en revelar lo justo, sabiendo interesar al espectador, sobre quienes son esos extraños sujetos y lo que hacen allí. Hombres que antaño sirvieron a Dios consagrándole su vida y que ahora viven apestados y retirados, como viejos trastos inútiles, de la vida social, de sus iglesias, comunidades y conventos donde desarrollaron conductas obscenas , indecorosas o corruptas.
Las primeras imágenes de la película muestran a sus protagonistas por separado, en lo que luego sabremos que son sus pequeños momentos de ocio, queriendo ofrecer a los personajes una libertad de la que, luego ratificaremos, carecen. Todos ellos son personajes lastrados por los vicios y errores de una vida pasada. Todos arrastran terribles condenas espirituales que tratan de purgar a base de arrepentimiento, rezo y vida ascética en este insólito cautiverio.
La llegada de un nuevo miembro a la peculiar casa de acogida, regentada por una mujer, monja igualmente desterrada del Paraíso, pone en marcha el ingenioso y dramático mecanismo de la película. Porque a este nuevo sacerdote retirado, nuevo miembro del club, le sigue una siniestra sombra, un joven muy deteriorado que ha sido víctima de abusos por parte del sacerdote.
El peso de la culpa tiene límites, incluso para estos personajes resecos de humanidad, interrogados, avergonzados y humillados. Criaturas infames y peligrosas por las que llegamos a sentir ciertas dosis de piedad gracias a un elaborado guión, un casting acertado y una dirección inteligente y ascética, siempre al servicio de lo que pretende representar.
La película de Larraín, de forma sagaz, nos obliga a escuchar, como un hipnótico y desagradable mantra, el lamento de los inocentes, (un lamento frío como el filo de un cuchillo) a identificarnos con aquello de lo que abominamos y nos hace sentir el drama a través de estos personajes interesantes y contenidos.
Una de las claves para conseguirlo está sin duda en la representación que se hace de la víctima, un personaje difícil, hosco, profundamente incómodo, un ángel convertido en demonio vicioso por culpa de los abusos de los curas y que ahora, tras encontrar su escondrijo, demanda justicia.
Esa sed de justicia unida al peso de la culpa provoca un hecho que requiere la llegada a la casa de acogida de un cura inspector que pretende aclarar lo sucedido, otro hombre de Dios que desprecia la podredumbre humana que habita la casa, que hace preguntas que reabren viejas heridas en los miembros del club, preguntas que todos los miembros del club han acordado ocultar.

El club habla con dureza y conocimiento del peso de la culpa, de la miseria humana, de la capacidad de redención, del valor del sacrificio como ejemplo de vida santa. Película que nos enfrenta con lo peor del ser humano sin aspavientos ni efectos recargados…Tal vez un par de detalles en este sentido truncan lo que podría haber sido una obra más redonda, pero nunca deslucen el interés de este lamento incesante.
Última modificación: 23 febrero, 2020

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