En Acné (2008), debut en la dirección de largos del montevideano Veiroj, asistíamos a la iniciación sexual de un treceañero de la República Oriental que transitaba su asomamiento a la fundamental dimensión carnal -con procedimiento hetairesco incluido- de los humanos en el marco de su condición de muchacho judío perteneciente a un estrato social medio alto, quizá más elevado incluso. A continuación, en La vida útil sacaba en pantalla a un señor de 45 primaveras encargado de determinadas responsabilidades en la Cinemateca Uruguaya, cuyo tránsito por el mundo, asimismo en la relación con los progenitores suyos -como suele expresarse en coloquiales palabras, tal individuo no había salido todavía del cascarón-, se hallaba marcado en extremo por los propios desempeños de las cine-tareas que llevaba a cabo, que lo dejaban en una situación anímica y espiritual de tremenda limitación cotidiano-emocional, tan envuelto como se encontraba, sobre todo, por el tipiquísimo imaginario, de enorme poder atrapante y hasta paralizante, de muchos fascinados y cultos devotos del celuloide.
En fin, ahora, tras El apóstata, galardonada por la Fipresci en el Festival de San Sebastián de 2015 y rodada en gratas y bastante identificables, al menos para los lugareños, localizaciones interiores y exteriores de la Villa y Corte (se ha hecho en coproducción con España, al igual que las anteriores), creo que podemos asegurar sin caer en desatino que, al margen de las más concretas e inmediatas intenciones y pretensiones del guionista realizador (eso poca relevancia reviste), existe un esencial abordaje temático de este director consistente en acercarse a modos diversos de los arduos y sinuosos altibajos de los procesos de maduración personal, los cuales -como comprobamos en la segunda película citada y aquí- no tienen por qué culminar en una plena y consolidada incorporación a los momentos de la vida en que los animales con conciencia debemos tomar, valga la redundancia, decisivas decisiones, afrontándolas con criterio nada adolescente y sin veleidades díscolo-juveniles que se confunden con protestas que, en el fondo y en realidad, comparecen en calidad de puro enfant-terriblismo que no quiere saber de las heridas y desgarros consubstanciales a la diaria brega.
El eterno estudiante universitario de filosofía: un chico de treintona apariencia inclinado a la discusión intelectual más bien infértil y con una especial y tierna conexión con el niño vecino al que da clases privadas de refuerzo escolar, atraído además por la mamá del nene, e interpretado por el también coescribidor del filme, Álvaro Ogalla, que traslada su natural forma de hablar al personaje que encarna, con unos muy característicos toques de asombro y una peculiar suavidad en la dicción. Lo que busca es un reconocimiento jurídico-canónico de su apostasía católica, pero él, en desnortado y desanclado batiburrillo, entremezcla o asimila su querella contra el mundo y las reglas del mismo, sean justas o sean injustas y modificables, con una manera de contestación que en verdad hay que vincular, desligándola de la auténtica lucha por la existencia y el adulto asentamiento en ella, a los pataleos del niño mimado o pijete, no en el aspecto físico pero sí en la cuestión económica, pues se trata casi de un ni-ni de procedencia pudiente y en absoluto desprovisto de posibles, aunque a lo mejor quepa notar algo de venimiento a menos en su familia (el padre, una mera ausencia al contrario que la madre, se dedica a actividades dinerarias en absoluto claras en las que el hijo participa en cierto grado y sin especial entusiasmo), absolutamente arropado y en palmitas, pensemos si no en el trato con la ya mencionada madre y con la prima a la que con tanto ardor desea, y en general con el resto de la parentela.
Para menor dispersión y mejor concentración e incisivo acendramiento de la historia propuesta, y a falta de adicionales complementaciones argumentales, a El apóstata seguramente le hubiera resultado de mayor idoneidad una duración de mediometraje.


Última modificación: 23 febrero, 2020

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