Hoy se estrena en España Bajo el Sol (2015), una película de Dalibor Matanic, ganadora en 2015 del premio Especial del Jurado de Cannes. El tal Matanic ha hecho ya unas cuantas pelis que nadie ha visto y que han recibido un montón de premios en festivales que casi nadie conoce. A Bajo el Sol la crítica la ha puesto bastante bien. Muy poética, dicen. A mí sin más. Te cuento por qué.
Bajo el Sol es una película sobre gente que llora mientras folla. Gente eslava. Habla de amores quebrados por la apisonadora bélica de los Balcanes.  La cosa es que, si he de ser honesto, contemplar esa implacable maquinaria del horror reventando los corazones de estos jóvenes yugoslavos in love me provoca más pereza que aflicción. Es una cosa mía. Además, el protagonista se parece bastante a Messi cuando empezó en el Barsa. Y da bastante grima.  Me saca de la peli.
Es verdad que tiene una fotografía que a veces está muy bien, posee planos bonitos, ingeniosos, pero es que todo es muy sucio, muy marrón. Las localizaciones son marrones. Las caras son marrones. Los acentos, marrones. El sexo también es marrón. La muerte es marrón. La música, marrón. Todo marrón. Es una película sucia, agria; un cocktel de pobredumbre, penetraciones, tierra y sangre eslava. Una película marrón.
El contexto no ayuda. Para mis compatriotas de la inopia, un breve paréntesis. La guerra de los Balcanes es una de las guerras más feas e ilegibles del siglo XX. Comunistas mega-corruptos y demodé, años 90, parajes horrendos, personalidades sin carisma, uniformes cutres, la OTAN, mogollón de bandos/religiones/naciones en conflicto, y todos mezclados en un punto muy concreto del planeta: un descampado gigante y sombrío llamado Yugoslavia. Nada que ver con la II GM o Vietnam. Pero nada que ver. Si la guerra ya es horrible de por sí, ésta es horrible a dos niveles.
Pero sigamos (y terminemos de una vez). Las metáforas de situación harán las delicias de los más tontos de la sala, esos que en 2017 siguen siendo hipsters. Oscilan desde un rebaño de ovejas justo después de sacar a un grupo de militares, pasando por un tío que le toca la trompeta a otro que le va a pegar, como diciendo, muy digno él, “estas son mis armas: el arte” (el arte de la payasada: tu reacción es falsísima y mereces morir),  hasta esos interminables silencios “que lo dicen todo”; pero qué va, lo único que dicen, si acaso, es que su director es un pretencioso con un gusto sofocante por amontonar adiposas tragedias delante de este atónito espectador que empieza a dudar de su humanidad por no empatizar con el dolor de Messi y sus colegas croatas.

Hay algo que me gusta de Bajo el Sol, y es el modo en que se estructura la narración. Matanic organiza el relato dividiéndolo en tres actos: al inicio del conflicto, 1991; cuando termina, 2001; y cuando, desde la distancia, en 2011, aún se pueden percibir las huellas de aquel conflicto (ética y estéticamente) terrible. El director croata sabe lo que quiere contar cuando propone una mirada panóptica centrada en las relaciones personales, una lectura profundamente humanista de un gran trozo de historia bélica. Además, utiliza a los mismos actores interpretando a distintos personajes de la historia, lo que me parece una gran idea que sitúa al ser humano, al individuo, por encima de los nacionalismos y los credos, al tiempo que plantea eso de que en la guerra no suele haber buenos ni malos, solo gente que muere antes de tiempo. Y eso es verdad. 
Última modificación: 23 febrero, 2020

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