A los adoradores del cine de terror nos preguntan con frecuencia si es que somos sádicos, si somos psicópatas, o directamente nos miran por encima del hombro y nos cuelgan la etiqueta de “asesinos en potencia”. No hace mucho me hicieron una pregunta: “en una sala ponen Saw VIII y en otra Titanic, ¿dónde habrá más psicópatas potenciales?”. “En Titanic” contesté sin dudar. “En Saw VIII todo lo que sucede es mentira, mientras que Titanic es una cinta que nos muestra cómo miles de personas tuvieron una muerte horrible sólo por la falta de previsión de unos y el egoísmo de otros, ¡y es todo real! ¿Qué clase de criatura disfruta viendo algo así?”.
Como vemos, todo depende del color del cristal con que se mira. En la saga Saw, sucede exactamente eso. En apariencia, trata de torturas, personas que sufren horriblemente y han de enfrentarse a una muerte aterradora, o a una elección más aterradora aún, pero que puede liberarles. En el fondo, el asesino Jigsaw es un justiciero. Aunque quizá la palabra “vengador” sería más apropiada. Él toma casos de asesinos -directos o indirectos- que lograron escapar de la justicia, y los pone frente a un puzle (de ahí su nombre, rompecabezas), en el que deben elegir entre mutilarse, o quizá matar a otra persona, y morir ellos mismos de algún horrible y truculento modo.
Por más que sea la profusión de sangre y gore lo que impera y llama más la atención en las cintas de la saga, es el dilema moral subyacente lo que las hace únicas y tan queridas por el público (y por ésta crítica. Los demás, no lo sé, y no nos interesan, ¿a que no?). Jigsaw es un personaje que no vacila en tomarse la justicia por su mano, y quien dice “tomarla por la mano”, quiere decir tomarle todo el brazo y arrancárselo de cuajo. Todos sabemos que no es ético, que no está bien, pero a la vez, no podemos dejar de sentir por él una morbosa simpatía conforme nos vamos enterando de los crímenes de cada “jugador”, y conforme vamos viendo que en realidad, Jigsaw les ha puesto en una situación desesperada, sí… pero son ellos mismos quienes toman las decisiones y se maltratan unos a otros en lugar de permanecer unidos e intentar colaborar.
Si recordamos la primera cinta de Wes Craven, La última casa a la izquierda, en ella vimos a dos inocentes chicas sufrir violaciones y toda clase de torturas por parte de cuatro asesinos. Para cuando llega el colofón final de la cinta, los padres de la protagonista gozan de toda nuestra connivencia para hacer lo que hacen. Nos produce tranquilidad, satisfacción que lo hagan. En Saw sucede lo mismo. Aunque en un principio la empatía pueda estar en el lado de los “jugadores”, esta salta en muy poco tiempo al lado de Jigsaw. Una parte de nuestro cerebro encuentra justicia en lo que hace.

A través de su atmósfera opresiva y los cambios de escenario a los que nos tiene acostumbrados, Saw VIII nos ofrece una película muy entretenida en la que nos da lo que hemos ido a buscar: un juego mortal, una cinta llena de acción, incertidumbre y sorpresas. Los adoradores de la saga se encontrarán a gusto en ella, y aquellos que no se hayan lanzado aún a ella, pueden estar tranquilos que no se sentirán perdidos; la película tiene la bondad de ponernos en antecedentes de forma somera, pero justa, y nos explicará lo que precisemos saber. Si os da repelús la sangre, no os la recomiendo, pero si os gusta el gore, haceos con un buen cuenco de palomitas, y disfrutad. 
Última modificación: 23 febrero, 2020

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