LA INSPIRACIÓN DE DOSTOIEVSKI
El cine atraviesa una crisis como arte, espectáculo, medio de comunicación (o lo que puñetas sea) en los convulsos tiempos del cambio climático. La calificación de cineasta se regala a menudo con frecuencia ahora que los icebergs se derriten como polos en agosto. Pero afortunadamente no todo es deshielo. Quedan heleros, refugios…
Es el caso de Woody Allen, quien cerca de los ochenta años y una filmografía de casi cincuenta películas escritas y dirigidas, sigue constituyendo año tras año una cita ineludible para su legión de seguidores. Cada entrega de Allen es una fresca esperanza en las carteleras por su estilo irrenunciable y la casi total seguridad de encontrar algo en sus películas, la oportunidad de sus temas, la incertidumbre de sus personajes y su singular mirada hacia los conflictos humanos. 
Estos conflictos con los que trabaja Allen son siempre ricos, turbadores y con más arco social que, por ejemplo, Eric Rohmer, donde el personaje más normalito resulta ser director de orquesta o catedrático de metafísica. Si bien Allen da constantes pruebas de su dominio y conocimiento de los personajes que habitan excelsas clases sociales, tales como célebres oftalmólogos, comprometidas psicoanalistas o mujeres engañadas por sus corruptos maridos , no deja de interesarse también por los personajes que habitan la jungla que tiembla a fin de mes, tales como mecánicos con sueños de grandeza o mujeres que sueñan ser rescatadas de su infernal vida cotidiana por un galán que rebase la pantalla. 
 
Da la sensación, al seguir su evolución, de que Allen es, sin lugar a dudas, uno de esos escasos genios que ha dado el séptimo arte y que su condición de autor, le hace encontrar  fecundo material cinematográfico donde otros solo encontrarían un páramo helado y estéril en el que berrea el unánime gemido de la ventisca. Se percibe en Allen esa bendita condición de autor inagotable. Para él, el trabajo de escribir, de buscar y encontrar, de hacer crecer las ideas, es siempre placentero. Su potente y original foco de luz le conduce a alumbrar constantemente terreno fértil, personal, distinto, siempre cinematográfico. Se palpa en su  extensa obra el gozo de crear en un mundo propio, un confortable laboratorio casero, ajeno a modas y presiones. Allen, refugiado en su torre de marfil, narra un mundo que parece comprender a la perfección y al que pone en ingeniosa evidencia narrando con pulso de cirujano las miserias de pobres y ricos casi siempre en clave de comedia. 
    
Ahora llega a nuestras pantallas su última criatura, Irrational Man, cuarta incursión de Allen en el tema del crimen y la posterior reflexión en torno a la culpa que emana del mismo tras la grandiosa Delitos y Faltas, la incómoda Match Point o la pesimista El sueño de Casandra. El universo generado por Dostoievsky en Crimen y Castigo atrae como una polilla a Allen que reflexiona sobre los oscuros recovecos, senderos y límites de la culpa. Allen trabaja en estas cuatro cintas con la idea de que el hombre es en potencia un asesino, si bien su moral y su educación le llevan posteriormente a plantearse las inaceptables consecuencias de su terrible acción y, si bien, sus protagonistas no se arrancan los ojos ante la contemplación del desastre como coherentes edipos, deben cuando menos administrarse ansiolíticos o aguantar la reprimenda onírica de sus víctimas. Todos ellos deben aprender a vivir con la culpa, bien de haber ordenado la muerte de un ser querido para librarse de un problema que amenaza su vida, o bien de haber ejecutado a un desconocido para conseguir a cambio un regalo que conseguirá cambiar sus vidas. 
En esta última entrega, un polémico profesor de filosofía llega a Braylin, una pequeña universidad de la Costa Este americana, donde va a dar clases de verano. La fama de vividor nihilista del profesor se extiende de boca en boca creando expectativas e incertidumbre en el campus, un microcosmos controlado, convencional y hasta aburrido, donde alumnos de buenas familias conservadoras con vidas trazadas y profesores fiables, desempeñan roles establecidos… Un perfecto rebaño. La llegada del solitario lobo no defrauda a las ovejas sea cual sea su edad. El profesor, interpretado por Joaquin  Phoenix, es un hombre joven con el desencanto instalado en su vida. Nada parece motivarle a dejar de autodestruirse. Despojado de convencionalismos, el profesor herido, derrotado y defraudado de la vida,  se quita la careta y se muestra tal cual es. Sin embargo, tras ese náufrago vital se esconde un seductor, un hombre de poderoso atractivo a pesar de la incipiente barriga que habla de descuido y aceptación. Con los días, las ovejas se sienten más y más atraídas por el lobo. Y el solitario depredador empieza a sentir de nuevo las caricias y a través de ellas una razón por la que seguir deambulando por el mundo. Mejor morir mañana. 
Y si bien es muy creíble el cínico personaje que compone Phoenix como profesor harto de la vida, no resulta nada lógica ni propia del personaje la razón ni la forma en que su vida da ese giro copernicano que le lleva a subirse de nuevo a la tabla de surf. De ahí, probablemente, el título de la película, “un hombre irracional”.       

Biografía del autor

Javier Miñón Echevarría, (Madrid, 1960) es Licenciado en Filosofía por la Unam en 1984. Aprende el oficio de guionista cinematográfico de la mano de destacados profesionales de la industria para quienes realiza sus primeros trabajos antes de empezar una carrera profesional que se extiende a lo largo de treinta años en cine y televisión. 
Desde hace veinte compagina la labor creativa con la docente con más de mil alumnos como bagaje pedagógico. Con el tiempo ha ido incrementando su colaboración con la Escuela Universitaria TAI de Madrid, donde entre otras funciones docentes actualmente forma parte del Comité de selección de proyectos de la productora ATM y dirige el Máster de Guión  sin dejar de generar trabajos propios o en colaboración.   

Última modificación: 23 febrero, 2020

Comentarios

Comenta o responde a los comentarios

Tu dirección de correo no será publicada.