La imagen de cientos de polluelos hacinados en una nave industrial, chocando unos con otros, en busca de una salida o tal vez con el objetivo de encontrar alimento. Cada uno guiado por su instinto de supervivencia, sin percatarse de quién tiene a su lado. Solo dejan un rastro a su paso, el de la muerte, la de aquellos que han perdido su vida asfixiados. Esta imagen podía describir la razón de ser de El olivo. La de ilustrar las repercusiones de la crisis en España, y en general las de cualquier país del primer mundo que ha sufrido el azote de la misma. Ésa que partió de la ambición desmedida, de la ceguera ante un crecimiento insostenible, que olvidaba al otro por la querencia de proveerse un futuro fácil; el de acumular cuanto antes y cuanto más mejor, sin pararse a pensar a costa de qué.
Y de nuevo otra metáfora, la de un árbol que una familia ha vendido para tener dinero instantáneo. Pero no un árbol cualquiera, un olivo milenario que tenía un significado valiosísimo para el hombre que había cuidado durante años las tierras donde se encontraba. Y que ahora los vástagos de este señor se deshacen de él sin miramientos, porque para ellos no vale más que el dinero que le han dado con su venta.
Icíar Bollaín no esconde sus intenciones. Confecciona su película a modo de cuento,  con una historia donde pulula continuamente ese halo de esperanza por alcanzar un cambio, que permita no volver a repetir los errores cometidos. Además, la moraleja se transforma en crítica directa, al poner el punto de mira en elementos tan concretos como el abuso de las grandes empresas o ambientar la historia en la Comunidad Valenciana, lugar insigne del pelotazo urbanístico. De esta manera, el protagonista no puede ser otro que alguien joven. En este caso una chica que no ha estado contaminada por esa etapa de avaricia, y que solo ha sido víctima de sus secuelas al presenciar como su familia se ha roto; con un padre con el que se lleva mal, un tío que ha perdido a su mujer y su trabajo, y su abuelo incapaz de expresar una sola palabra. Ella es rebelde porque no quiere aceptar un entorno anclado en el pasado. Por eso pretende construir castillos en el aire, no le queda otra, y lo hará iniciando la misión quijotesca de recuperar el árbol, aunque para ello deba arrebatárselo a una gran multinacional.
El olivo toma el género de la road movie, recordándonos a los viajes creados por Carlos Sorín en Historias mínimas o El camino de San Diego, donde encontramos personajes ilusionados por conseguir unas metas, calificadas como mínimo de inconscientes, pero que terminan por transformarles, aunque sea de un modo distinto a lo que en un principio pensaban. Les pasa a todos los que se montan en ese camión rumbo a Düsseldorf a recuperar el olivo. Pero principalmente será el camino iniciático de la joven Alma, aupada por las ganas de devolver el árbol a su abuelo, y que le servirá para ir dándose cuenta de una realidad más compleja, que de otra manera, sin ese gesto aventurero, hubiera sido inexistente al haberse ahogado en la monotonía de un pueblo, donde el aire estaba viciado y había pocas opciones para ver más allá de lo conocido y aceptado.
Si en un inicio a la película le cuesta poner las cartas sobre la mesa, y discurre por un territorio más cercano al sentimentalismo que a la sutileza de lo narrado, será una vez empezado el viaje cuando comience a volar alto. Y en buena parte gracias a unos actores sobresalientes, con un Javier Gutiérrez que vuelve a demostrar una multiplicidad de registros, donde consigue pasar de la emotividad a la carcajada en cuestión de segundos. Pero sin duda la sorpresa proviene de Anna Castillo, que con su frescura transmite perfectamente la ingenuidad y también la locura de su juventud.
La directora madrileña nos invita a ver con los ojos de Alma, y junto con el guión escrito por Paul Laverty, que combina con elegancia y sentimiento el drama con la comedia, consigue embarcarnos en ese viaje hacia lo imposible. Dejando la marca de la historia vivida. Ésa cuyo peor enemigo es el olvido. Y aquí es donde florece la película, al actuar como contrapeso necesario para preservar la memoria.

Biografía del autor

Alejandro González Clemente (Cáceres, 1986) es Licenciado en Comunicación Audiovisual (UCM) Ha trabajado como Coordinador de Producción en tres ediciones del FICI – Festival Internacional de Cine para la Infancia y la Juventud y en la iniciativa de cine para niños Verdi Kids de Cines Verdi Madrid.

Desde 2010 se ha especializado en periodismo cinematográfico, realizando varios cursos de crítica de cine, como el Curso-Taller Caimán Cuadernos de Cine (ECAM). Es colaborador habitual en La gaceta independiente y Revista Versión Original, así como en los portales web Nuevos Vagos y Revista Magnolia.

Actualmente trabaja en el Departamento de Gestión y Secretaría académica de la Escuela Universitaria de Artes y Espectáculos TAI. 


Última modificación: 23 febrero, 2020

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