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por Enrique Gallego Montero

El libre albedrío es una cualidad que se le presupone a los humanos, nacemos con él y es el causante de convertirnos tanto en ángeles como en bestias. Con esta reflexión arranca Disobedience, la última película del director Sebastián Lelio tras haber ganado, el año pasado, el Óscar a la mejor película de habla no inglesa con Una mujer fantástica. Tanto en este último film como en Gloria (2013)el chileno había demostrado entender y dominar a la perfección la psicología de los personajes femeninos, y en esta ocasión, contando para el guion con la reconocida dramaturga Rebecca Lenkiewicz (guionista de Ida), consigue, como poco, mantenerse al nivel.
Si con Una Mujer Fantástica, Lelio reivindicaba la naturaleza de su protagonista (Daniela Vega), en Disobedience intenta crear una atmósfera más recogida, trabajando el lado más íntimo de sus dos actrices protagonistas. Rachel Weisz da vida a Ronit Khruska, una fotógrafa que se ve obligada a volver a su antiguo hogar después de recibir la noticia de la muerte de su padre. Allí, Ronit debe hacer frente a los prejuicios de una comunidad judía ortodoxa que no ve con buenos ojos su conjeturable naturaleza homosexual. Dovid Kuperman (Alessandro Nivola), casado con su ex mejor amiga Esti (Rachel McAdams) será quien la acoja en su casa hasta que se celebre el funeral.
La relación que se establece entre Ronit y Esti es lo que sustenta el film, desarrollándose una tensión sexual muy bien trabajada que alcanza su cénit en una poderosa escena mediado el film. En esta secuencia, “el corazón de la película”, según las palabras del propio director, Esti y Ronit convergen, se funden en una aislada habitación de hotel, ofreciendo una de las escenas de amor más reales y apasionadas de la última década. Las comparaciones con películas que tratan el mismo tema, como La vida de Adèle, son inevitables y, sin embargo, no podrían ser más desafortunadas. En Disobedience, Lelio trata el sexo no solo como una liberación, sino también como una carga: se puede percibir el deseo, la ira, la represión, el amor… y es que cada grito de placer esconde otro de dolor. El director, además, deja a la imaginación del espectador las acciones más perversas, sacándolas fuera de plano, provocando a la audiencia y obligándola a ser partícipe.
La historia de amor que el cineasta Sebastián Lelio filma tiene fuerza audiovisual y está llena de verdad y recorrido. Incluso Kuperman, el personaje masculino más anclado en la religión, se aleja de estereotipos y evoluciona, llegando a vislumbrar que puede haber otra manera de hacer las cosas. Y es que desde La Sagrada Familia (2005), el cineasta Sebastian Lelio, ha jugado con la idea de analizar tanto la religión, como los sistemas de creencias y valores que rigen una sociedad. Cuando esos sistemas imponen reglas, tienden a oprimir. Es en esos momentos cuando hay que preguntarse si es mejor aguantar y callar o mostrarse como realmente uno es. Es en esos momentos cuando hace falta desobedecer.

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Última modificación: 23 febrero, 2020

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