PURO PORTUGAL

Cuando, en 1911, el dramaturgo y crítico italiano Ricciotto Canudo propuso un recién llegado para el selecto club de los artes clásicos, el cine era mudo – y, por lo tanto, puro; una expresión nueva y genuina del ingenio humano a través de imágenes. Fue pronto admitido como el séptimo arte, diferentemente, por ejemplo, de la anterior e injustamente menospreciada fotografía o del milenario teatro, tenido, más bien, como un arte de artes mezclados. “¿Pero a qué vendrá esa píldora de sabiduría plagada de clasificaciones anacrónicas?”, se estará preguntando el ya impaciente lector. Es que es imposible no pensar en un estado puro, esencial, del cine al ver la película con la cual Portugal intentó disputar los premios Oscar de este año — y que, de ser aceptada entre las finalistas, hubiera supuesto una especie de espaldarazo hollywoodiense al zeitgeist de simplicidad y regreso a los orígenes que parece vivir el país vecino, del cual, entre otras cosas, la canción ganadora del último Eurovisión da fe.
Si el contenido de Cartas de la guerra— dirigido por Ivo Ferreira y adaptado también por él de la homónima novela epistolar autobiográfica de António Lobo Antunes — trata de ser un elogio al sublime y a las ideas elevadas como contrapunto a la descomposición de la civilización, son las formas las que mejor transmiten el mensaje. Partamos, pues, de ellas.

La fotografía espectacular de unos muy contrastados blancos y negros a cargo de João Ribeiro – fan de películas mudas y de la nouvelle vague — crea dos capas distintas de vivencia, dos mundos separados, irreconciliables. Uno es el de António (Miguel Nunes), médico enviado a Angola en principios de los años 70 para luchar contra la guerrilla durante el largo conflicto de independencia del país africano. El otro, el mundo ideal, amoroso y cotidiano que se quedó con su mujer, María José, en Portugal, destino de las cartas de amor diarias escritas por António y que impregnan toda la narrativa de la voz dulce de la actriz Margarida Vila-Nova, como si las estuviera leyendo. El logro de Ribeiro es rebajar la intensa luminosidad de la sabana (sin quitarle ni un ápice a la belleza de los paisajes), a la vez que resalta la de la ciudad hogareña en Europa, en una traducción sin palabras del estado de espíritu del protagonista.

El lirismo de las imágenes magnéticas, de pocos diálogos y sonidos (pero casi siempre con música, como en los primordios del cine), compite con las palabras que se van desprendiendo de las cartas prolijas, ricamente escritas. Y que descolocarán a más que uno en el patio de butacas, tan habituados estamos todos al estilo tuit de los diálogos en el cine de hoy. Sacados del libro de Lobo Antunes, los textos son reflexiones sobre la existencia, el amor, la deliciosa banalidad de la vida en pareja, lo que verdaderamente importa… Poco habla el protagonista sobre los meandros de la guerra o narra — excepto cuando lo hace para agregar detalles irónicos — sobre lo que vemos en pantalla. El descompás frecuente entre palabras e imágenes crea un caldo onírico, una sensación de paso del tiempo fluida, lenta, repetitiva, como la vida en la naturaleza — y, desde luego, como en una película de Manoel de Oliveira.

Hay combates, alguna muerte, representaciones de los claroscuros del conflicto bélico y alguna que otra decisión ética que el protagonista necesita tomar en el frente. Pero lo que son las batallas más cruentas, lo que es la chispa de la pólvora, lo que son los aspectos más embrutecidos no surgen demasiadas veces. La vibración aquí es esencialmente lusa -por tanto tranquila, serena, afable, irónica-. Asimismo, las cartas, las palabras de amor adornadas por la dulzura de la lengua portuguesa, son un antídoto contra la enajenación que se suele asociar a un ambiente (y una película) de guerra, un mensaje de esperanza, una invitación a tirar hacia adelante aún cuando el suelo parece temblar bajo los pies. Puro Portugal.

Última modificación: 23 febrero, 2020

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