“…Y el príncipe se llevó a la princesa, se casaron, tuvieron muchos niños y vivieron felices para siempre”. Todos conocemos ese idílico final de los cuentos de hadas, pero, ¿qué pasa después? ¿Hay vida más allá del “felices para siempre”? En cierta ocasión, René Goscinny hizo un informe acerca de qué podría pasar después y, en pro de la comicidad, ya supondréis que ninguno de los finales era tan utópico como cabría desear. La cinta que hoy nos ocupa, dirigida y protagonizada por Ewan McGregor, también parte del mismo principio. De imaginar qué sucede después del final perfecto para una historia perfecta.

Nos encontramos en una reunión de antiguos alumnos de un instituto. La promoción se graduó en los años cincuenta, la edad dorada de Norteamérica, si bien el conductor de la historia (que no protagonista) tiene la amabilidad de ponernos en contexto recordándonos el final de la Segunda Guerra Mundial, de la Depresión, el boom de la economía… Si alguna vez existió un futuro perfecto, ese fue la década de los 50 norteamericana. En la reunión, nuestro conductor se encuentra a un compañero y le pregunta por su famoso hermano mayor al que llamaban el Sueco, el capitán del equipo, el mejor atleta, el que se casó con una reina de la belleza… La respuesta es un mazazo para todos. Ha fallecido. Su vida, cuando terminó los estudios, volvió intacto del ejército y se casó con su novia que había sido Miss del estado, parecía un maravilloso cuento de hadas, y durante un tiempo lo fue. Pero como dijo Michael Ende, “siempre, es sólo un momento”.

Las películas familiares suelen mostrarnos a las familias siendo felices y enfrentándose a algún apuro del que, con esfuerzo y apoyándose en el amor que se tienen, acaban superando y saliendo del mismo, demostrándonos que el amor todo lo vence y, que si uno lucha por su familia, ganará siempre. Todos sabemos que la vida no es así, que a veces el amor no es suficiente, que no basta con querer mucho a las personas para que todo funcione bien. En esta película, vemos exactamente eso. El Sueco tiene una mujer a la que adora y una hija que ocupa todo su corazón, pero no sabe darse cuenta de los terribles problemas y de la frágil autoestima de esta última. La niña, eclipsada por la belleza y perfección de sus padres y sobre todo de su madre, vive en un estado de temor constante a no dar la talla, a ser imperfecta, a decepcionarles. Su tartamudeo es a la vez un síntoma y una coraza. Es una manera de llamar la atención sin tener que esforzarse, y a la vez el reflejo del terrible miedo que siente.

En su naturaleza delicada se refleja el dolor por las injusticias sociales y los disturbios que suceden en la década de los sesenta, durante su adolescencia. Quien quiera que diga que la adolescencia fue para él una época feliz, es indudable que posee mala memoria. O eso, o tuvo verdadera buena suerte. La adolescencia no se llama por nada “la edad del pavo”; en ella, tus padres -antes tus héroes- de repente son tus enemigos. Todo lo que hacen está mal, no te entienden, no entienden al mundo, son fósiles, y sólo tú conoces todas las respuestas y tienes siempre razón, pero nadie te hace caso porque aún te ven como un niño. Merry, la hija del Sueco, pasa por todos esos pensamientos pero, mientras que un adolescente común se limitará a vestir ropas que desagraden a sus padres y quizá fumar maría, ella es partidaria de la acción directa.
    

American Pastoral es una cinta muy bien llevada, con una dirección y unas actuaciones extraordinarias, que nos cuenta una historia por igual hermosa, dura y triste, como lo es la vida de un esposo y padre que se enfrenta a realidades terribles, por las que no debería pasar ningún ser humano, pero que existen. Es una historia que nos habla del crecimiento de nuestros hijos y acerca de cómo la educación y el cariño que les damos, a veces no es suficiente para evitar que un día, se conviertan en alguien que no conocemos. El final “vivieron felices para siempre”, en realidad sólo es “vivieron felices mientras fue posible”.


Última modificación: 23 febrero, 2020

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